Cuentos y relatos

Enrique Bernales (Perú,1975)
Actualmente estudia un doctorado en literatura hispanoamerica.en Temple University (Filadelfia, Estados Unidos). Formó parte del grupo de poesia Inmanencia en los noventa. Ha publicado dos libros de poesia: Inmanencia (1998), e Inmanencia: Regreso a Ouroborea (1999). Sus trabajos han sido publicados en la revista virtual Apuntes y en El malhechor exhausto

Comentarios sobre su trabajo creativo se pueden encontrar en la revista Caretas

 

SERGIO

Sergio había nacido en un suburbio de una ciudad  fantasmal del interior. Tenía un bello gesto con la boca encrespada y la mirada flotante. Cuando salió de su oficina sabía que la iba a encontrar. No sólo era una suposición. El día anterior, la persiguió, tratando de cuadrar horarios posibles para provocar un encuentro que parezca casual en la entrada del subway. Ella era chica de ciudad dura del este, los movimientos de sus manos, el peinado y el atuendo se lo habían confirmado. Los zarcillos ligeramente desaparecían entre sus lóbulos rosados. Sus ojos orientales, ligeramente pintados, la boca pequeña, naturalmente roja incandescente, y el timbre de su voz, lo habían hecho navegar por abismos emplumados, ligeramente sacudido por el oleaje de las pesadillas de semana santa, cuando se imaginaba que todo lo que amaba debía ser destruido y abolido para siempre.

Aunque trataba de presionar su perfecto cráneo con su mirada extática, y así forzarla a voltear y que le diga que sí lo deseaba y que quería tenerlo adentro en un segundo, allí mismo, delante de  la heterogénea población del tren, aderezada convenientemente con el festín de olores que se expele como un antiguo tributo a los dioses y a las bestias de la temporada  invernal, ya por terminar felizmente. Ella permanecía inconmovible y frágil como un cisne de hielo, mientras hablaba con su mejor amigo, el antipático chico punk, obviamente su antagonista. Sergio notaba en las expresiones del muchacho una misma pasión embalsada, las ganas de abrirle las piernas, terminar en un segundo sobre su falda de patchwork, porque no había dudas de que se trataba de otro rarito impotente. El suave aliento sobre su garganta, el sonido dionisíaco de los zarcillos, el roce de las yemas de sus dedos en contacto con la piel incandescente de un rostro ligeramente orgánico, pero único.

Se tenía que bajar en la siguiente parada del subway, y ahora intentaba por todos los medios posibles como un capitán que se amarra al mástil de un antiguo bajel y se revienta los tímpanos, para evitar escuchar la música arrobadora de la vagina victrix, no levantar los ojos hacia la medusa y buscar miles de cosas inútiles entre sus bolsillos o en  los compartimientos de sus diferentes maletines que cargaba todos los días del trabajo a la casa y de la casa al trabajo, más por sus benditas obsesiones que por alguna utilidad real. No llegaba al tren a esa siguiente estación, cada vez más lejana. La ansiedad podía más que la represión y no evitó, mientras maniobraba con sus bultos, mirarle al rostro y encontrarse para su fatalidad, cuando sonreía, que tenía un diente careado.

Esto último dio un giro de 360 grados en sus pensamientos. Jamás se imaginó que ella, la mujer de sus sueños, la muchacha de entre 18 y 19 años tenía un maldito diente careado. Ella siempre estaba perfecta cuando la quería poseer  y cuando abría la boca sólo se encontraba con un aliento de rosas y los dientes más blancos y afilados del mundo, pero completos y perfectos. Ahora ya no la podría ver nuevamente.  Se contentaría  nada más con la imagen que todavía reinaba en su cabeza. Finalmente ella tendría que envejecer y morir con todos los dientes careados y múltiples endodoncias y la piel arrugada, sin embargo, la obra fijada fidedignamente no envejecería.  Siempre estaría lista y joven para su placer y su furia. Mientras tanto se podía consolar con otras jóvenes de 18 o 19, no necesariamente parecidas a la donna, porque finalmente cuando las poseyera cerraría los ojos y en silencio el nombre secreto diría, eyaculando doblemente, en una vagina de hule y en otra, la del país de la mandrágora.

No había tiempo que perder para elegir el recipiente adecuado. Desaparecía entre los laberínticos pasillos, maniobrando con sus bultos  y cavilando en el plan que lo hacía hervir y adelantar así el verano. No se percató que la muchacha sí volteó para mirarlo, no cuando le presionaba la nuca con su afilada retina, sino cuando el chico punk le comentó que ése, él de los bultos, era el muchacho que a ella le gustaba y que quería conocer. Su amigo pensaba que, en ese momento, ella quería tener al revisionista entre sus delgadas piernas, aprisionando su miembro contra sus paredes y sintiéndolo eyacular ferozmente, manchando de sangre el piso del tren y llegando al goce supremo con el sonido repetido que hacían al caer contra el suelo, los zarcillos arrancados violentamente. Se lo decía así, con una impulsiva amargura. No, no es mi tipo, le afirmaba a su guardián con sus dibujados labios  y se lo negaba con las manos temblorosas y empapadas de un sudor repentino.

Ella, ingenua no lo era. Sabía desde hace algunos años que el chico punk la quería poseer, sin embargo, al ser aún aparentemente inofensivo, se sentía en confianza con él. Le encantaba ser deseada por alguien que podría ser su hermano, porque de mejor amigo a hermano hay un paso, pensaba ella y de allí al incesto, sobra la imaginación. Le confesaba sus más íntimos pensamientos, lo más confidencial de sus relaciones con sus diferentes novios. El siempre exigía más, absolutamente todo. Por ejemplo, si ella se olvidaba de la calidad del semen, el grosor del miembro, las obscenas frases  repetidas sobre la nuca, pre y post coito, por el ocasional visitante, él le apretaba ligeramente la mano y con un movimiento tierno entre sus cejas y su barbilla, le repetía dos veces, cuéntamelo todo, cuéntamelo todo.  Ella acordaba hacerlo, a pesar de que por momentos el rubor de sus mejillas se acentuaba con cada mínima especificación que por su boca hacía aparecer, palabras desnudas y prohibidas, almacenadas eficientemente en la memoria de su confesor.

Sabía que, aunque, le gustaba algo más de lo normal el muchacho de los bultos, en su mirada sólo encontraba el fuego de paso de una noche o una tarde lluviosa de otoño, cuando, por la ventana mojada por la lluvia torrencial, observaba las últimas hojas caer empapadas junto con la raíz de un viejo árbol que la compañía de gas estaba removiendo. No se levantarían jamás ni la raíz ni las hojas, en el mismo punto del jardín eriazo. Así que no podía esperar mucho de él. No sólo era cuestión de acostarse. Finalmente lo perdería, pero ella podría desnudarlo y peinarlo sobre su cama, acomodándolo artificialmente de lado, con el trasero vuelto hacia la ventana de la calle. Ella, al igual, se despojaría de su vestido y tendida también de lado, desnuda frente a él, sin decir ninguna palabra y diciéndolas todas, sobre todo las obscenas, las que más le ruborizaban sus lóbulos y sus nalgas frías. Podrían estar  tendidos toda la tarde, sin hablar ni él ni ella y sin comer, para que, finalmente cuando el sol alboreara, le arrojara sus ropas sobre el rostro y le gritara que se largue y que nunca regrese. Ya tenía suficiente con sufrir toda la noche sin que él la montara y la despellejara allí mismo. El se iría, pero  ya estaría fijado en su memoria y ya no lo necesitaría más.  Podría tener a cualquiera pero él siempre sería joven y estaría listo para morir en el instante mismo en que ella pronunciara la palabra secreta.


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